Una smartwatch que consigue hacerse olvidar como tecnología ya no es del todo una proeza de ingeniería: se ha convertido en un argumento de estilo. Con cinco nuevos colores y correas de cuero genuino, Ice-Watch lleva más lejos esta apuesta con su TKS 2.0, y deja entrever de paso un cambio más amplio en los usos de la muñeca conectada.
Nada en la fina caja rectangular de la TKS 2.0 delata la presencia de una pantalla AMOLED, de sensores de frecuencia cardiaca o de seguimiento del sueño. Esa es precisamente la apuesta del reloj desde su lanzamiento: parecerse a un reloj clásico antes que a un objeto conectado. Las cinco nuevas referencias (marrón oscuro, coñac y naranja quemado para las cajas doradas, gris taupe y beige camel para las versiones plateadas) no cambian nada de esa promesa. La refuerzan, al sustituir las correas de silicona por cuero genuino, un material ajeno a cualquier vocabulario tecnológico y asociado más bien a la marroquinería o a la relojería tradicional.
La elección tiene aún más peso viniendo de Ice-Watch, una marca construida desde 2007 sobre justo lo contrario: la silicona de colores, muy reconocible, declinado en tonos vivos a lo largo de varios cientos de referencias. Ver cómo la casa se desplaza hacia el cuero y una paleta otoñal sobria para su gama conectada dice algo del camino recorrido por toda una industria, entre la exuberancia asumida de años pasados y una forma de contención que hoy se busca incluso en los segmentos más accesibles del mercado.
Esta elección no es neutra en el panorama actual de los objetos conectados. Desde hace varias temporadas, una parte del mercado de los relojes inteligentes intenta liberarse de los códigos demasiado reconocibles del gadget (esfera cuadrada, materiales sintéticos, estética claramente técnica) para acercarse al vocabulario de la relojería clásica. La TKS 2.0 se inscribe en ese movimiento, pero sin renunciar a las funciones que justifican el adjetivo smart: llamadas y notificaciones por Bluetooth, seguimiento del oxígeno en sangre, de la presión arterial y del sueño, resistencia al agua IP68 y siete días de autonomía anunciada.
Este desplazamiento revela un cansancio más amplio ante la visibilidad tecnológica. Llevar un objeto cuya función se muestra de inmediato (pantalla táctil cuadrada, notificaciones intermitentes) equivale a exhibir una disponibilidad permanente, una conexión continua al flujo digital. En cambio, un reloj que parece un reloj deja a quien lo lleva la libertad de revelar, o no, su dimensión conectada. Es una forma de discreción buscada que no deja de recordar ciertos reflejos del lujo clásico, donde el valor nunca se proclama a gritos.

El cuero introduce además una relación con el tiempo que la silicona ignora por completo. Un material sintético se desgasta sin transformarse: simplemente se degrada. El cuero, en cambio, adquiere pátina, cambia de matiz, se amolda al gesto repetido de quien lo lleva. Situar una smartwatch en esta relación con el desgaste, y no en la, más habitual en tecnología, de la obsolescencia programada, equivale a atribuirle una temporalidad que ningún firmware puede simular.
La apuesta comercial tampoco es menor. Al optar por cinco versiones en cuero en lugar de una nueva oleada de funciones, Ice-Watch elige vender una smartwatch como se vende un reloj de moda: por el color y el material más que por la ficha técnica. Es una manera de situar la TKS 2.0 en un lineal distinto del, muy saturado, de los relojes conectados puros, para acercarla al, aún más amplio, de los accesorios de estilo.
Con todo, la TKS 2.0 no es una pieza de alta relojería ni pretende serlo: toma prestados sus códigos sin reivindicar su estatus. Quizá ahí reside su verdadero interés: una manera accesible de experimentar, a diario, la idea de que la tecnología más lograda es la que ya no busca hacerse notar.
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