Hay colecciones que nacen de una palabra; Julie Kegels partió de una manzana. Una Jonagold que comía cada noche antes de acostarse se convirtió en ritual y luego en el punto de partida de una reflexión sobre lo que nos tira hacia abajo y sobre lo que eso dice de nosotros.
Desde marzo pasado, la diseñadora belga cuenta que sus jornadas están más llenas: más gente, más conversaciones, más responsabilidades. Construir una casa sin perder la alegría que le dio origen se ha convertido, dice, en la parte más pesada y más querida de su trabajo. De esa palabra —peso— extrajo un razonamiento casi físico: la gravedad no es una caída, sino lo que da peso a lo que importa. Cuanto más importa algo, más curva el espacio a su alrededor. Nada nos arrastra hacia abajo, insiste; simplemente seguimos una curvatura natural.
De esta idea nació un vestuario que obedece literalmente a la gravedad. Medias de nailon de cintura baja, pantalones vaqueros, prendas de punto y sastrería parecen deslizarse del cuerpo: hombros que se separan, bordados de edelweiss que caen hacia el suelo, vestidos cuyos bajos se lastran como un mantel. Los vestidos de baile vuelven a caer hasta convertirse en faldas; de unos sujetadores de lentejuelas rasgados solo queda el contorno de una copa. Un vestuario que no oculta el esfuerzo de mantenerse erguido, sino que lo muestra.
Frente a esta caída asumida, un tejido resiste: la superorganza, hinchada con todo lo que está cayendo —pigmento, restos de lentejuelas, cuentas en bolsitas—, que se filtra a través de la tela y deja un rastro tras cada silueta. Durante todo el desfile, escribe la casa, la pasarela escenificó una demostración casi escolar de la gravedad: una tela tensada que se curva en cuanto se deposita una masa sobre ella.
La colección también permite ver un formato poco habitual de comunicado: un texto firmado en primera persona, casi una carta, donde la mayoría de las casas se conforman con un resumen de estilo en tercera persona. La firma —«Julie Kegels»— al pie de un texto que habla de carga mental, responsabilidad y crecimiento empresarial tanto como de corte y material dice algo del momento que atraviesa la diseñadora: una casa que crece tan deprisa que su fundadora siente la necesidad de explicarla, temporada tras temporada, con sus propias palabras y no con las de un gabinete de prensa.
Presentada durante la Paris Fashion Week, en un calendario saturado de propuestas cada vez más espectaculares, Apple of the Day elige deliberadamente la introspección antes que la exhibición. Una apuesta arriesgada cuando la atención suele conquistarse más con imágenes que con palabras, pero coherente con una colección que, del primer al último look, rechaza el camino fácil del espectáculo y prefiere un examen casi clínico de una sensación tan cotidiana como la gravedad.
Queda la manzana: la que, según se cuenta, cayó sobre la cabeza de Newton y la que Julie Kegels sigue comiendo cada noche. Apple of the Day, explica, habla de la caída en todas sus variantes: quedarse corto, caer bajo la presión, encajar justo, enamorarse. Eso la llevó de nuevo al edelweiss, una flor a la que solo se llega subiendo lo bastante alto para encontrarla. Sin gravedad no habría nada contra lo que trepar, y quizá por eso elevarse tiene sentido.
Una colección que no pretende resolver nada. Ahí reside precisamente su propuesta: aceptar el peso en lugar de intentar desprenderse de él, convertirlo en materia de costura en vez de en una carga que ocultar.










































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