Confiar las llaves de su intimidad a dieciocho miradas aún en formación es una apuesta que pocas instituciones centenarias se atreven a hacer. El Ritz Paris lo ha hecho con motivo de Paris Photo 2026, al abrir sus puertas a los estudiantes del departamento de Foto-Vídeo de Gobelins Paris, cuyas creaciones inéditas se expondrán en el hotel del 13 al 16 de noviembre.
La fórmula elegida, la carta blanca, supone una confianza que rara vez concede una casa tan cargada de historia: dejar que una nueva generación de autores explore libremente el patrimonio, la estética y los símbolos de un lugar, sin dictar de antemano su lectura. Los dieciocho estudiantes han disfrutado así de un acceso poco habitual a la intimidad del hotel de la plaza Vendôme, y cada uno ha desarrollado un punto de vista singular: algunos han optado por revelar los bastidores y los equipos invisibles que dan vida a la Maison cada día, otros han preferido realzar su patrimonio arquitectónico y decorativo, y otros han interrogado lo que el lujo evoca hoy para una generación nacida con las redes sociales y la imagen instantánea.
Esta diversidad de enfoques no es casual: traduce una manera precisa de entender el papel de la fotografía ante un lugar tan fotografiado como el Ritz Paris, donde la imagen más esperada —la de la fachada, el salón o la lámpara de araña— cede aquí el paso a lecturas más personales, entre desenfoque y movimiento, cielo interior o detalle milimétrico, por retomar los títulos de algunas de las obras presentadas. Allí donde un fotógrafo profesional contratado para la ocasión habría podido buscar seducir de entrada, la frescura de la mirada estudiantil introduce una forma de vacilación asumida, de tanteo visible, que cambia la naturaleza misma de lo que se muestra de un palace: ya no una imagen de comunicación, sino un intento sincero de comprender lo que representa este lugar, vivido desde dentro durante el tiempo del proyecto.
Esta colaboración se inscribe en una historia fotográfica ya larga para el establecimiento: desde hace más de 125 años, el Ritz Paris mantiene un vínculo singular con las grandes figuras de la creación, de Richard Avedon a Annie Leibovitz, pasando por Robert Doisneau, Elliott Erwitt, Roxane Lowit o Brassaï. Ya en 1922, Man Ray realizó allí una serie de retratos, entre ellos el de la marquesa Casati, considerado una de las primeras fotografías surrealistas de la historia del arte: una herencia que confiere a esta carta blanca estudiantil una resonancia particular, la de inscribir a una nueva generación en un linaje iniciado un siglo antes.
Para Gobelins Paris, escuela con más de sesenta años de enseñanza de la fotografía, este ejercicio responde a una pedagogía a través de lo real: enfrentar a los estudiantes a un encargo exigente, en un lugar cargado de símbolos y responsabilidades, antes de que se incorporen a carreras en las que el saber hacer, la dirección artística y la imagen de marca deberán convivir de forma permanente. La exposición, presentada con acceso libre en el peristilo del hotel, cierra así el círculo de una transmisión que, por una vez, no va del maestro al alumno, sino de la institución a quienes escribirán, mañana, su próxima historia visual.
Queda, en negativo, una pregunta que esta exposición plantea sin zanjar: ¿qué puede revelar aún la fotografía de un lugar ya fotografiado mil veces, ya contado mil veces por quienes lo han visitado, habitado o simplemente soñado desde la plaza Vendôme? La respuesta quizá resida menos en las imágenes mismas que en el gesto de plantear la cuestión a autores muy jóvenes en lugar de a firmas consagradas: una apuesta por la mirada nueva más que por la certeza del resultado, en una casa que podría conformarse con su iconografía ya escrita.

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