Trudon, o el arte de perfumar la luz

by PASCAL IAKOVOU
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Antes de ser una casa de perfumes, Trudon fue, durante más de tres siglos, una manufactura de cera encargada de iluminar las iglesias, los palacios y las calles de París. Que esta casa, cuyo primer oficio fue la luz antes que el aroma, proponga hoy cinco fragancias pensadas para el verano no es una simple ampliación de gama: es la continuidad lógica de una historia que nunca ha dejado de concebir la llama como un lenguaje sensorial completo.

Antes de la electricidad, la vela no se limitaba a iluminar: perfumaba, a veces a su pesar, los interiores que habitaba. Trudon, proveedor de la corte y después de las grandes residencias parisinas, comprendió muy pronto que la cera tenía una carga olfativa propia. El paso al perfume para la piel, iniciado en los últimos años, no supone por tanto una ruptura, sino un desplazamiento: la casa sigue trabajando con la misma materia prima, la luz, pero ahora elige llevarla directamente sobre la piel en lugar de dejar que se consuma en el aire de una estancia.

Las cinco composiciones presentadas para la temporada estival despliegan cada una una faceta distinta de esa luz. Médie se abre con un destello de pomelo suavizado por el jazmín y el cedro, mientras Vixi evoca el matorral mediterráneo calentado por el sol a través del petitgrain, la salvia y el sándalo. Deux respira el bosque en pleno verano, seco y revitalizante, mientras Aphélie propone un floral solar en el que la rosa se une al brote de grosellero negro. Bruma, el más singular de los cinco, mezcla gálbano, violeta y cuero en una estela que la propia casa califica de «fragancia solar», una expresión que, en Trudon, no tiene nada de casualidad publicitaria.

Ahí reside precisamente el aspecto más interesante de esta colección: cada perfume funciona como una variación sobre un mismo tema, el calor y la claridad, expresado en registros casi opuestos: uno aromático y verde, otro romántico y floral, un tercero más turbio y misterioso. Esta diversidad asumida recuerda que la luz, tanto en la cera como en el perfume, nunca ha sido uniforme en Trudon: varía según la hora, la estación y el uso. La casa parece haber trasladado esa gramática de la llama, familiar para cualquiera que haya observado cómo una vela cambia de tono a lo largo de la velada, al vocabulario más abstracto de la alta perfumería.

A 210 euros el frasco de 100 ml para cada una de las cinco referencias, estos perfumes se sitúan en el segmento de la perfumería de nicho de alta gama, sin buscar competir en el terreno de la exclusividad reservada a unos pocos conocedores: es una colección concebida para llevarse, alternarse y superponerse a lo largo de los días de verano, a imagen de una casa que siempre ha pensado sus creaciones como objetos de uso tanto como de contemplación.

Queda por ver si esta manufactura de la luz, que ha atravesado los siglos cambiando de materia sin cambiar nunca de tema, sabrá convertir esta última incursión olfativa en algo más que otra colección de temporada. La respuesta, como suele ocurrir en Trudon, dependerá menos del discurso que de la fidelidad de la estela.

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