Monte-Carlo Jazz Festival, veinte años de programación como política cultural

by PASCAL IAKOVOU
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Veinte años después de su creación, el Monte-Carlo Jazz Festival ya no es solo una cita musical. Su longevidad dice otra cosa: la capacidad del Principado para instalar una programación recurrente en un lugar patrimonial y convertirla en un instrumento de proyección cultural. La edición de 2026, del 18 al 29 de noviembre, permite leer esta estrategia a lo largo del tiempo.

El festival nació en 2006 por iniciativa de Jean-René Palacio. Dos décadas después, su dirección artística corre a cargo de Alfonso Ciulla, Director artístico de Monte-Carlo Société des Bains de Mer. El escenario sigue siendo la Salle Garnier de la Ópera de Montecarlo, un marco que sitúa el jazz desde el principio en una relación particular con el patrimonio: ni club ni gran arena, sino un teatro histórico asociado al imaginario cultural monegasco.

La programación del aniversario busca menos la pureza de género que una ampliación controlada. La apertura del 18 de noviembre se confía a los jóvenes músicos de la Académie Rainier III, con entrada libre. Dos días después, Youn Sun Nah y Gregory Porter ocupan el escenario, antes de Melody Gardot, GoGo Penguin, The Brand New Heavies, Marillion, Thomas Dutronc o el Soweto Gospel Choir. Las entradas anunciadas oscilan por lo general entre sesenta y ochenta euros según las veladas.

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La elección más reveladora, sin embargo, no es necesariamente musical. El 22 de noviembre, el festival programa El hombre del brazo de oro, de Otto Preminger, película de 1955 con Frank Sinatra, en colaboración con el Institut audiovisuel de Monaco. Esta inclusión del cine en el programa recuerda que el evento busca ahora construir un entorno cultural en torno al jazz y no una simple sucesión de conciertos.

La presencia del Thanda Choir, el Soweto Gospel Choir, Tyreek McDole o Youn Sun Nah amplía además el mapa del festival mucho más allá de un relato franco-estadounidense del género. La programación circula entre Sudáfrica, Corea del Sur, el Caribe, el Reino Unido, Bélgica y Estados Unidos. Esta apertura no es neutra en un territorio cuya visibilidad internacional se ha apoyado históricamente en la hospitalidad, el deporte, el espectáculo y una fuerte concentración de eventos de alcance mundial.

El festival produce así una forma de soft power a escala reducida pero repetida. Dota a Mónaco de una temporada cultural identificable en noviembre, fuera de los picos estivales y de las grandes citas automovilísticas. La Salle Garnier se convierte entonces menos en un decorado que en una continuidad institucional: un mismo lugar capaz de unir patrimonio arquitectónico, artistas consagrados, jóvenes músicos y públicos internacionales.

Faltan, no obstante, datos para medir plenamente esta política cultural. No se comunica ninguna cifra de asistencia acumulada en veinte años, ninguna proporción de visitantes extranjeros, ningún presupuesto, ningún impacto económico ni tasa de ocupación. Sin estos elementos, el éxito se lee por la duración y la calidad de la programación, pero todavía no por su impacto medible.

El siguiente paso del Monte-Carlo Jazz Festival podría estar justamente ahí: documentar lo que veinte años de programación han construido realmente para el Principado. Porque más allá de los carteles, el valor cultural de un festival se mide también por lo que instala de forma duradera en los usos, los públicos y la imagen de un territorio.

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