Desde 1898, RIMOWA vende una promesa sencilla: dominar el movimiento. Con el Dartboard Case, la casa alemana entrega por primera vez un objeto que no irá a ninguna parte y que habla, a través de un juego de dardos, de todo aquello que la precisión nunca consigue controlar del todo.
El objeto, disponible a partir del 30 de julio en una selección de boutiques RIMOWA a un precio de 5.500 euros, retoma los códigos de la colección Classic —estrías características, remaches grabados, asa de cuero negro—, pero en una configuración inédita para la Maison: un armario mural de doble puerta, construido íntegramente en aluminio, concebido para permanecer colgado y no para ser transportado. En su interior, una diana Winmau Blade X, desarrollada con el proveedor oficial de la Professional Darts Corporation, dos juegos de dardos con doble marca y acabados en microfibra y cuero componen un objeto cuya función premium, el viaje, ya no es su razón de ser. RIMOWA traslada aquí su vocabulario habitual —ingeniería de precisión, material emblemático, acabados impecables— a un uso que nada tiene que ver con el desplazamiento.
Este desplazamiento de sentido lo hace explícito la campaña que acompaña el lanzamiento mejor que cualquier argumentario de producto. Realizada por Grégoire Dyer en la histórica fábrica de Colonia, protagoniza al actor estadounidense Walton Goggins como agente de seguridad, solo un domingo en los locales de la Maison, incapaz de quedarse quieto durante el partido de fútbol de su equipo favorito. Deambula por la fábrica, se topa con el armario, saca los dardos y se pone a jugar como quien negocia con el destino: si da en el centro de la diana, su equipo ganará. El relato no habla ni de viaje ni de aluminio. Habla de superstición, de esa creencia irracional según la cual un gesto preciso, repetido con suficiente concentración, podría influir en un acontecimiento totalmente fuera de alcance.
Ahí se anuda el verdadero tema de este objeto, más allá de su ficha técnica: una casa que ha construido su reputación sobre el dominio absoluto del gesto industrial decide contar, por primera vez, una historia en la que la precisión no sirve de nada frente al azar. El personaje de Goggins no busca el rendimiento deportivo: busca un ritual para aplacar una espera que no controla. El aluminio anodizado, las tolerancias de mecanizado, el saber hacer centenario de Colonia: todo este arsenal de rigor se pone, en la película, al servicio de un gesto cuya eficacia es solo simbólica. Una manera, para una casa de ingeniería, de reconocer que la fabricación más rigurosa del mundo no protege de nada ante la incertidumbre, y que quizá sea precisamente por eso por lo que seguimos creyendo.
El gesto se inscribe también en un movimiento más amplio, que RIMOWA no es la única en seguir: el de las casas de origen funcional que extienden su vocabulario a objetos sin uso primario, entre pieza de colección y manifiesto de marca. Tras los bolsos cotidianos lanzados en la era Never Still, este armario de dardos culmina un giro iniciado desde la entrada de RIMOWA en LVMH en 2017: la maleta, durante mucho tiempo la única firma de la Maison, se convierte en un lenguaje que puede aplicarse casi en cualquier parte, incluso allí donde ya no hay nada que transportar.
Queda por saber en qué se convierte una casa de viaje cuando sus objetos más elaborados dejan, precisamente, de viajar. El Dartboard Case responde en negativo a esta pregunta: ya no es la función la que hace a RIMOWA, sino el material, el gesto y la silueta, un saber hacer ya lo bastante reconocible como para prescindir de la carretera.






Cette publication est également disponible en :
