Berluti regresa a Italia por la puerta de un antiguo convento
En Milán, en via Gesù, la Maison parisina instala su primera boutique de un nuevo género, y lo hace antes que en París. Un detalle de calendario que dice mucho sobre dónde late ahora su corazón.
Una Maison francesa que elige Milán, y no París, para estrenar su concepto de boutique más logrado: la secuencia merece que nos detengamos en ella. Berluti, fundada en París en 1895 y construida por cuatro generaciones de zapateros, acaba de abrir en el número 4 de via Gesù, en la planta baja del Four Seasons Hotel Milano, alojado a su vez en un edificio religioso del siglo XV reconvertido. El lugar no es neutro. Se entra en la nueva dirección de Berluti como en un antiguo convento, por un umbral que ya ha conocido otras formas de recogimiento.
Italia como regreso a los orígenes, no como mercado
El relato oficial insiste en la doble cultura de la Maison, y por una vez la fórmula coincide con los hechos. La familia Berluti procede de las Marcas, región de la costa adriática, antes de fundar su taller en París a finales del siglo XIX. El centro de producción se encuentra hoy en Ferrara, donde la Manifattura reúne a más de doscientos sesenta artesanos que abastecen a unas sesenta boutiques en el mundo. La elegancia se reivindica francesa, la mano sigue siendo italiana.
En esta geografía, abrir en Milán antes que en París deja de ser una coquetería de comunicación. Jean-Marc Mansvelt, director general de Berluti, lo formula sin rodeos: «Presentar nuestro nuevo concepto de distribución europeo aquí, en un espacio tan importante y ambicioso, refleja la confianza que depositamos en este mercado y en nuestros clientes italianos en todo el mundo.» La Maison no se instala en terreno nuevo; regresa a la tierra de sus orígenes, y lo reivindica como una estrategia de fondo más que como un golpe de efecto.
Una boutique concebida como un apartamento
En doscientos diecinueve metros cuadrados, Berluti descarta la gramática habitual del comercio de lujo —el escaparate que impresiona, la altura de techo que intimida—. El espacio se recorre como una sucesión de estancias privadas, más cercano al apartamento o al club que a la tienda. La entrada juega con cuatro arcos de medio punto, granito claro y arenisca, gafas de bronce y mármol verde. En la primera sala, una gran mesa central presenta hormas de zapatero revestidas de distintas Pátinas, firma cromática transmitida de generación en generación.
La pieza central era originalmente un patio milanés típico. Berluti ha instalado allí su anillo de cuero, elemento recurrente de sus boutiques, alrededor del cual se desarrolla la prueba del calzado: un momento lento, casi ceremonial, que la Maison considera el corazón de su oficio. Los zapatos se alinean en las paredes siguiendo un principio de exhibición inspirado en el diseñador italiano Franco Albini. Más allá, el salón de prêt-à-porter convoca el arte contemporáneo transalpino: una obra abstracta de Lorenzo Monnini, dos butacas diseñadas por Gianfranco Frattini. El salón reservado a los mejores clientes, por su parte, toma prestadas sus puertas de las entradas milanesas tradicionales y exhibe una pieza escogida de Gabriele Cappelli.
Lo que vende una Maison que ya no quiere vender
La acumulación de nombres —Albini, Frattini, Monnini, Cappelli— no es un name-dropping decorativo. Dibuja una tesis: la tienda Berluti se presenta como el interior de un coleccionista italiano de los años cincuenta, donde el mobiliario de diseño y las obras de arte hacen de pantalla al acto de compra. Se entra por la Pátina y se permanece por el silencio. Victor Belmondo, actor franco-italiano y embajador de la Maison, abrió el baile en la inauguración; pero el evento importa menos que el decorado que le sobrevive.
Queda una pregunta que esta puesta en escena deja abierta. En un momento en que el lujo masculino se juega cada vez más en la experiencia y cada vez menos en la transacción, ¿hasta dónde puede una Maison disfrazar su boutique de residencia sin que el cliente olvide que, al final del anillo de cuero, hay un zapato que comprar? Berluti apuesta a que en Milán, en la tierra de sus zapateros, la confusión será bienvenida.






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